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BAJO LAS SOMBRAS DEL MISTERIO Pacto diabólico

  • 16 jul 2020
  • 11 Min. de lectura

Actualizado: 6 oct 2020

Autor: Julio César Calero

Dibujo: Carlos Bermúdez



En una gran hacienda, cerca de Vinces, en la provincia del Guayas, un rico hacendado agoniza en soledad. No están a su lado su esposa, doña Ana, fallecida años atrás luego de todos los sufrimientos y la mala vida que le dio, ni la docena de hijos que tuvo con su compañera de vida y receptora de toda la maldad de sus acciones a lo largo de más de treinta años de convivencia.

Ni siquiera los peones y los vaqueros que trabajaban en las cientos de cuadras de extensión de la propiedad están para hacerle compañía, todos lo abandonaron con sus familias cuando empezó la agonía de Leonardo, el dueño de la propiedad, al oír ruidos extraños, guturales, como de otro mundo, que causaban terror y hacían que la piel se pusiera de gallina.

Incluso el sacerdote de la vecindad se alejó rápidamente después que fuera llamado para que le diera la extremaunción al agonizante. Su intento por ingresar a la casa fue repelido por una serie de sucesos extraños y por gritos e insultos que provenían de la habitación de Leonardo, además y sin saber cómo, salió volando de la casa con la Biblia y todos los elementos que había llevado para la ocasión.

Mientras iba por el aire, al cura le pareció escuchar estas palabras infernales: “VETE, NO TIENES NADA QUE HACER AQUÍ, ESTA ALMA ES MÍA Y ME LA VOY A LLEVAR”.

Después de lo ocurrido con el sacerdote nadie más puso un pie en la hacienda y peor en la casa, y es así que Leonardo agonizaba en soledad sin que una mano amiga le secara el sudor de la frente o le acercara un vaso de agua para calmar su acuciante sed.

Como podía, Leonardo iba hasta la cocina a llenar una jarra con agua, la cual colocaba en el velador ubicado al pie de la cama, comía algo entre inmensos dolores estomacales, iba al baño y luego, con paso lento, inseguro, retornaba a su habitación y se acostaba en la cama.

En su soledad recordaba que cuando fue a ver al médico, el primero que consultaba en muchos años, éste le dijo que lo suyo era grave, presumiblemente cáncer en el estómago, pero Leonardo no le creyó y consultó a otros galenos con la secreta esperanza que uno de ellos le dijera que su mal era pasajero, tal vez una indigestión que con medicamentos pronto se le pasaría, pero todos le dieron la misma respuesta “Lo suyo muy probablemente es cáncer en el estómago, lo mejor será que vaya a SOLCA para que lo atiendan”.

A insistencia de unas amistades Leonardo por fin decidió ir a SOLCA. Cuando llegó y le dieron la consulta, el profesional oncólogo que lo atendió le indicó que le harían varios exámenes para determinar la causa de su mal.

Exámenes de sangre, biopsia, resonancia magnética, rayos equis y tomografías, arrojaron finalmente un resultado, efectivamente, lo que Leonardo tenía era cáncer en el estómago, pero lo más grave, de acuerdo a lo que le explicó el oncólogo, había llegado al grado de metástasis y ya había tomado el hígado y los intestinos, por lo que era muy poco o casi nada lo que se podía hacer para devolverle la salud; Leonardo prácticamente fue desahuciado.

Con tremendo diagnóstico y sin esperanzas de una cura, con unos cuantos remedios que le recetaron para el dolor, Leonardo regresó a su hacienda a morir, ¿en cuánto tiempo?, no lo sabía, pero el médico le dijo que probablemente no serían más de tres meses.

Aquejado por el cáncer que cada día se desarrollaba más en su viejo cuerpo, Leonardo prácticamente se encerró en la casa de la hacienda y ahí atendía unos pocos asuntos que tenían que ver con sus propiedades, tal parecía que ya no le importaba nada por lo que el manejo de la hacienda y algunas fincas que tenía desparramadas por el cantón Vinces, dejó en manos de sus empleados, los que acudían cada semana a rendirle cuentas, que en algunos casos, no eran muy claras.

Leonardo sabía que sus empleados le estaban robando, pero qué podía hacer si ya casi no tenía fuerzas para alzar la voz y gritarles, ni tampoco estaba en condiciones de levantarse de la cama o de la silla en la que estaba sentado para reclamarles y meterles sus buenos bastonazos por sinvergüenzas.

Ahora, en su soledad, Leonardo sentía la falta que le hacían sus hijos que hace años se fueron a Guayaquil para alejarse de los malos tratos e insultos que recibían de su padre, además, nunca le perdonaron la forma en que trató a su madre hasta el día de su muerte, ese era un gran peso que el rico hacendado cargaba en su conciencia y que por su falta de fe y su ateísmo, no se había acercado al Dios que su conviviente veneraba cada domingo, en la iglesia del pueblo para darle gracias por todos los bienes que éste le había concedido a su familia, especialmente la gracia de la vida.

Leonardo no creía en un Dios lejano, etéreo, y por eso nunca se atrevió a pedir perdón por sus pecados y por la vida pecaminosa de la cual había disfrutado en exceso.

En una de las tantas noches que pasaba en su solitaria agonía, empezó a recordar los años de su juventud, cuando era un pequeño agricultor de arroz, empeñado en sacar adelante la parcela que su padre le había heredado al morir.

En esa época, Leonardo tenía unos 25 años y veía pasar la vida con mucha desesperanza ya que sus esfuerzos por hacer producir arroz a la parcela se habían ido a pique con la crudeza del invierno que azotó al país.

Los científicos dijeron que las fuertes lluvias fueron ocasionadas por el Fenómeno del Niño, pero Leonardo no entendía nada de eso, lo único que sabía era que se había perdido el cultivo en el que había invertido todos sus ahorros y algo más, y que ahora no tenía dinero para sembrar un nuevo cultivo y que además tenía una deuda con el Banco Nacional de Fomento, una entidad gubernamental que era muy dura para cobrar los préstamos no cancelados, llegando al embargo y el remate de las tierras.

Leonardo recordó que había dado vueltas y más vueltas en su cabeza tratando de encontrar una solución para el problema que tenía. Estuvo así un largo rato sentado en una hamaca que había colocado entre dos árboles pero no hallaba la solución.

Cuando se estaba quedando medio dormido, el galope de un caballo que se acercaba lo hizo levantarse de la hamaca para ver de quién se trataba.

Esperó de pie hasta que el jinete llegó hasta él; éste era un individuo vestido totalmente con ropas negras, un gran sombrero le cubría la cabeza llegando casi hasta los ojos cuya mirada parecía escupir fuego; una capa oscura como la noche le envolvía el cuerpo, dándole un aire de misterio.

Al apearse del negro y brioso corcel con el que había llegado hasta la pequeña propiedad de Leonardo, se escuchó un sonido de espuelas en cada paso que daba para llegar junto a Leonardo, al cual saludó.

- Buenas noches amigo Leonardo.

- Buenas noches forastero. ¿Cómo sabe usted mi nombre?

- Yo se muchas cosas de usted, pero eso es lo de menos.

- ¿Cómo que es lo de menos si yo a usted no lo conozco?

- Lo importante de mi presencia aquí es lo que he venido a ofrecerle…

- ¿Es usted un vendedor?

- Sí.

- Pierde el tiempo conmigo pues no tengo un centavo partido por la mitad para comprarle algo.

- No se preocupe, yo no vendo cosas materiales que se compran con dinero.

- ¿Y qué vende?

- Fortuna, alegría, felicidad, amores, propiedades, dinero, poder, todo lo que un ser humano se pueda imaginar para disfrutar de la vida.

- Suena muy bonito, pero yo no tengo con qué pagar todo eso que usted está diciendo.

- No crea, usted tiene algo muy importante que a mí me interesa.

- ¿Y qué es?

- Antes de decírselo, debo indicarle que además de vendedor también soy un comprador.

- ¿Y qué compra?

- Almas…

- ¡¿Almas?!

- Si de aquellos que no creen en Dios, de aquellos que como usted pasan momentos difíciles en la vida y no encuentran una solución a sus problemas, de aquellos que quieren tener riqueza sin mucho o ningún esfuerzo.

¿Y eso es todo, no hay dinero de por medio?

- Así es, solamente es un compromiso entre yo, que soy el vendedor, y el ser humano que acepta mis condiciones y se transforma en el comprador.

- ¿No hay nada más?

- ¿Cómo qué?

- Tal vez matar a alguien, robar un banco…

- Nada de eso es necesario, solamente se debe firmar un documento que aquí traigo.

Uniendo las palabras a la acción, el forastero extrajo de entre sus ropas un largo documento que extendió ante los ojos de Leonardo para que lo leyera.

Terminado de leer el texto del documento, Leonardo preguntó:

- ¿Qué es eso de que el único requisito es entregarle mi alma el día que muera?

- Ese es el único requisito, no tendrá ninguna otra obligación.

- ¿Y qué es el alma?

- Podríamos decir que es una entidad inmaterial, algo que no se ve ni se siente pero que está con los seres humanos mientras estos tienen vida.

- Ahhh, es algo que no veo y no siento…

- Así es.

- ¿Y para qué me sirve?

- Los cristianos y los que creen en un Dios, consideran que a través de ella pueden acercarse a su Creador…

- ¿Y para los que no creemos en ningún Dios?

- Puede considerárselo como un peso muerto que se arrastra durante toda la vida terrenal.

- Yo no creo en ningún Dios.

- Lo sé, por eso me acerqué a usted esta noche para ofrecerle todo lo que quiere para mejorar su estilo de vida.

- Creo que podemos llegar a un acuerdo. Si mi alma no me sirve pues no creo en Dios alguno, bien puedo dársela por todo lo que me ofrece.

- Si está decidido, solo firme el documento y de inmediato empezaré a cumplir sus deseos.

- ¿Seguro que me dará todo lo que le pido?

- Sí. Lo único que no puedo darle es vida eterna.

- ¿Y por cuanto tiempo estará vigente el contrato?

- Durante toda su vida.

- ¿Y cuánto tiempo será eso?

- Sesenta años.

- ¿Tan solo sesenta?

- Para qué quiere más, ahora tiene veinticinco, con sesenta años más llegará a los ochenta y cinco habiendo disfrutado de una vida llena de lujos, riqueza, poder, placeres y todos los excesos que se le ocurran.

- Uhhhhmmm, ochenta y cinco años bien vividos, me parece justo, a esa edad llegaré con mi cuerpo cansado y posiblemente ya no habrá nada más que me excite, me sorprenda o me anime a continuar viviendo.

- ¿Entonces, se anima?

- Pase acá ese documento y dígame donde firmo, eso sí, no me va a engañar con ofertas incumplidas.

- No te arrepentirá.

- A propósito, ¿cuál es su nombre?

- Muchos me conocen por distintos nombres, pero para usted soy solamente el vendedor.

Leonardo firmó el documento y se lo entregó al forastero, éste lo enrolló y lo guardó entre su ropaje.

- Bien amigo Leonardo, ¿Qué es lo que desea para empezar a cambiar su estilo de vida?

- Quiero tener suficiente dinero para pagar la deuda al Banco Nacional de Fomento, para comprar bastante tierra, para sembrar arroz, cacao, banano, café, mangos, para tener mucho ganado caballar, vacuno y porcino, y que mis animales ganen siempre en las exposiciones que se realizan en las festividades del cantón.

- ¿Algo más?

- Sí, quiero tener a la mujer más hermosa del pueblo para hacerla mi mujer y que me de muchos hijos, quiero tener una casa de hacienda grande, lujosa, con empleados a mi servicio.

- ¿Algo más?

- Creo que eso es lo que se me ocurre por el momento.

- Bien, entonces empecemos, aquí le doy dinero para que pague su deuda y pueda volver a sembrar.

- Eso no es suficiente.

- Cuando vaya a Guayaquil a pagar la deuda al banco, compre un entero de la lotería.

- ¿Qué número?

- Eso no importa, solo compre cualquier entero y con el premio que se ganará, que será de algunos millones de sucres, podrá empezar a labrar su fortuna haciendo negocios, comprando tierras y ganado, puede poner una piladora de arroz, puede emprender cualquier actividad económica que en todas ellas le irá bien, será tanto el dinero que obtenga que luego podrá volverse prestamista y quedarse con las tierras de sus deudores si no le pagan.

- ¿Y sobre la muchacha para que sea la madre de mis hijos?

- Llegará a su tiempo, cuando ya sea un hombre de fortuna.

- Espero que no tarde mucho.

- No se preocupe que yo cumpliré todo lo ofrecido. De aquí en un año ni se acordará de la pobreza en la cual ha vivido hasta ahora y con el tiempo irá acrecentando tu fortuna.

Luego del recuerdo de lo sucedido aquella noche hace ya casi sesenta años, Leonardo volvió a su triste realidad, mientras en su cabeza el número sesenta le daba vueltas y vueltas sin comprender por qué, hasta que una voz lo hizo estremecer.

- Buenas noches amigo Leonardo.

- ¿Quién es?

- El vendedor.

-¿Quién?

- El vendedor, aquel jinete vestido de negro que le trajo a firmar un documento que le cambió la vida de pobreza que llevaba por una de riqueza y poder.

- Ahhh, ya lo recuerdo.

- Que bueno es que no me haya olvidado.

- ¿Y qué lo trae por aquí?

- El cumplimiento de un contrato que hoy se vence.

- ¿Un contrato?

- Así es amigo Leonardo, hoy se cumplen sesenta años de aquella noche en que usted firmó el contrato por el cual me cedía su alma a cambio de que yo le cumpliera sus deseos.

- ¿Ya pasaron sesenta años?

- Solo faltan unos pocos minutos…

¿Para qué?

- Para que usted abandone este mundo terrenal y yo estoy aquí para llevarme su alma.

- ¿Y no se puede hacer nada para prolongarlo un poco más?

- Cuando se firma un contrato se establecen plazos y condiciones, usted leyó el documento y lo firmó aceptándolo todo. El contrato vence hoy y debe ser cumplido.

- Pero…

- No hay argumento que valga, he venido por su alma y voy a llevármela.

- Yo aún no estoy listo…

- ¿Listo para qué? Para reconciliarse con sus hijos y pedirles perdón por los maltratos que les dio, para pedirle perdón a todas aquellas personas que estafó o a aquellas que les quitó sus tierras por que no pudieron pagarle sus préstamos leoninos del 15 al 20 por ciento mensual, mejor no sigo pues la lista es larga, fueron muchas las personas a las que perjudicó a lo largo de estos años y nunca sintió un poco de compasión por ellas.

- Yo quisiera…

- Ahora es tarde amigo Leonardo, ya faltan solo unos pocos minutos para que el plazo se cumpla.

Mientras pronunciaba estas últimas palabras, el vendedor sacó de uno de los bolsillos de su ropa un reloj y lo observó, luego dijo: “Faltan dos minutos para que el contrato se cumpla”.

- ¿Tan poco tiempo?

-¿Para qué quiere más? ¿No se ha dado cuenta que ya no necesita más tiempo? Está enfermo de muerte, sus hijos no lo quieren, no hay nadie a su lado, de qué le sirve tener más vida en estas condiciones, además ya no puede disfrutar de sus propiedades como antes.

- Si, pero…

- Ya no hay nada que se pueda hacer, sus minutos están contados, es más, ya empezó la cuenta regresiva.

¿Cómo?

- DIEZ, NUEVE, OCHO, SIETE…

- Espere, por favor…

- SEIS, CINCO, CUATRO, TRES…

- ¡Dios!…

- Ya es muy tarde para acordarse de Dios. DOS, UNO.

Al completar la cuenta, Leonardo expiró y en ese momento, un gran torbellino salió de la nada engullendo la casa, la hacienda y todas las propiedades y riquezas que Leonardo tenía en distintos lugares; en los bancos el dinero desapareció de sus cuentas y en las cajas de seguridad solo quedaron cenizas en vez de joyas y certificados de depósito.

Todo lo que Leonardo había comprado con su alma al vendedor, desapareció; solamente quedaron ruinas, tierra yerma, plantas y árboles quemados, nadie hubiera podido decir que en esos lugares habían existido una hermosa hacienda, así como también algunas productivas fincas. Entre tanto, el vendedor bajó al infierno llevándose el alma de Leonardo para sufrir la condenación eterna por la mala vida que había llevado y sobre todo, por firmar un pacto diabólico.

Luego de la muerte de Leonardo entre la gente del lugar corrió el rumor de que el difunto había tenido un pacto con el diablo y por eso, nadie se atreve a cruzar por las propiedades o intentar comprarlas a sus herederos, es más, quienes tienen que realizar sus actividades en la zona o ir al pueblo, prefieren utilizar caminos más largos que pasar a través de las tierras malditas.

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